María Martínez Bayona irrumpe en Cannes con una ambiciosa distopía sobre la inmortalidad.
The End Of It, de María Martínez Bayona (2026, Reino Unido-España-Noruega, 102 min). Cannes Première.
El cine español ha vuelto a ocupar un lugar central en el Festival de Cannes y esta vez también en el palmarés. Tras la destacada presencia el año pasado de Oliver Laxe y Carla Simón, la edición de 2026 confirma el excelente momento de la cinematografía española con el premio a la mejor dirección para Javier Calvo y Javier Ambrossi por La bola negra, galardón que comparten ex aequo con el polaco Paweł Pawlikowski.
Pedro Almodóvar, Los Javis y Rodrigo Sorogoyen concentraban buena parte de la atención mediática desde el inicio del certamen, aunque el reconocimiento a La bola negra también invita a recordar el carácter profundamente colectivo del cine y la participación decisiva de numerosas mujeres en estas producciones. Isabel Peña firma junto a Sorogoyen el guion de El ser querido; Teresa Font se encarga del montaje de Amarga Navidad y Gris Jordana dirige la fotografía de La bola negra, uno de los aspectos más celebrados de la película de Los Javis.
Si bien quizá la mayor sorpresa para nosotras haya sido el descubrimiento de la cineasta María Martínez Bayona, que ha presentado su primer largometraje en la sección Cannes Première.
La directora catalana lleva años instalada en Londres, donde completó su formación y buscó abrirse camino en una industria tan competitiva como precaria. Aunque The End Of It supone su debut en el largometraje, Martínez Bayona ya había dirigido seis cortometrajes que anticipaban su sensibilidad y ambición cinematográficas. Aun así, sorprende la envergadura del proyecto, poco habitual en una ópera prima: ocho millones de euros de presupuesto, rodaje en inglés y un reparto encabezado por Rebecca Hall, Gael García Bernal y Noomi Rapace.
La película combina ciencia ficción, drama familiar y comedia negra, con ecos evidentes de Black Mirror. En esta distopía nadie muere. Conocemos a Claire el día de su 250 cumpleaños; ignoramos la edad exacta de su pareja, Diego, pero sabemos que su hija ya ha cumplido 180 años. En ese contexto, Claire comienza a cuestionar su propia identidad tras perder el último hueso con el que nació. El hastío impregna su existencia y rutinas como la depuración diaria de la sangre se convierten en una carga. Su decisión de planear su propia muerte emerge entonces como un intento de recuperar el sentido de la vida y reencontrarse con su vocación artística. A través de ese gesto, la película invita al espectador a observar la progresiva pérdida de humanidad en una sociedad marcada por la inmortalidad, en un paralelismo inquietante con la nuestra, donde el avance tecnológico y la creciente desconexión emocional parecen erosionar, también, nuestra forma de vivir y relacionarnos.

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